Sucede que muchas mujeres en su afán de despojarse de los naturales pelajes de brazo, piernas, axila, y hasta de ombligo, dedos, y bigote, recurren a caríiisimos e inutilísimos métodos que el mercado felizmente ofrece.
Ahí donde a muchas nos enorgullece las cejas tupidas y las pestañas largas propias de nuestra velluda anatomía, envidiamos la suertuda lampiñez de las extremidades de selváticas, chinas y negras. Y es que no sé en qué momento se definió ya sin aparente marcha atrás, que la mujer contrariando todo orden natural, no debe tener pelos más que en la cabeza.
Ahí donde a muchas nos enorgullece las cejas tupidas y las pestañas largas propias de nuestra velluda anatomía, envidiamos la suertuda lampiñez de las extremidades de selváticas, chinas y negras. Y es que no sé en qué momento se definió ya sin aparente marcha atrás, que la mujer contrariando todo orden natural, no debe tener pelos más que en la cabeza.
Si a algún poeta soñador se le ocurrió idealizar a la mujer como unívocamente nívea, suave y lozana, se equivocó, porque si bien existen tales perfecciones en algunas zonas corporales limpias de vello y paja, no todos los rincones de nuestra anatomía cuentan con tales desérticas características.
Jamás hay que menospreciar la importancia del tema pues forma parte de la nunca bien entendida problemática femenina. Sendas mujeres han sufrido con dicha pelusa: mi amiga Toti por ejemplo, guapa morocha de piel morena, tenía en los brazos vellos tan largos que solía ordenarlos con un peine de bolsillo y además desteñíselos para que tuvieran menos notoriedad con lo cual realmente sólo conseguía el efecto contrario puesto que sobre su piel morena los vellos parecían bañados con resaltador amarillo.
Otro es el caso de mi amiga Chachi, cuya hermana mayor adiestró desde los 15 en el arte del uso y abuso de la ardorosa cera para depilarse brazos, piernas, y hasta el no bien visto mostacho. Todo un procedimiento: calentar la cera en una ollita en la cocina, aplicártela hirviendo sobre la piel – es un ejercicio para valientes y masoquistas-, para finalmente y con un coraje suicida, arracar la cera que a su vez arranca los pelos (todo esto mientras lanzas un aullido de dolor). Y tanto bochinche para lucir lampiña. Pero tanto Chachi como Toti no sólo se sometieron a traumáticos procedimientos anti-vello, sino que además probaron toda la parafernalia no-más-vello que el mercado oferta: cremas y geles depilatorios, ceras frías, y sesiones de láser sin resultados efectivos; ¿qué velluda ilusionada no ha claudicado ante la mentira publicitaria de erradicar para siempre el vello en-sólo-diez-aplicaciones?, marcas como "Touch Me" hicieron popular dicha promesa a cambio de una conveniente valía.
Pero eso no es todo. Hace unos días en una pared llena de gratifis distinguí una pinta con femeninísimo aerosol fuxia: ¡nosotras no nos depilamos![1], era el lema urbano de las rebeldes velludas. Si es que es una organización yo quiero adherirme automáticamente a ella, pues me encantó la insurrección de la pelusa. Y no es que una no sea femenina o que quiera desafiar los cánones de belleza, es sencillamente buscar lo real: la mujer tiene pelos, y tiene todo el derecho de tenerlos. Yo defiendo esa decisión, y bogo por el reconocimiento de la mujer velluda como una realidad cotidiana y normal.
De hecho yo sí me depilo, especialmente en verano cuando voy a lucir shorts o faldas, pero ello no quita que odie hacerlo -los hombres con abundante barba me comprenderán-, y es que es un fastidio que la arrancada de pelos solo nos dure un día.
Tal es mi aburrimiento para depilarme que aprovecho la mínima oportunidad para no hacerlo (esto es cuando no tengo novio, cuando es invierno y cuando estoy depre), sin embargo últimamente depilarme o no, ya no depende exclusivamente de esos factores, muy por sobre mi rechazo a los métodos dolorosos a los que sendas masoquistas se someten, no cojo ni el epi lady porque no se me da la gana. Y cuando mi novio me apodó cariñosamente “pollito”, le respondí, “pollito con plumón”. Así son las cosas, las mujeres tenemos plumas, plumitas y plumones y a mucha honra, pues si bien socialmente los vellos no son populares, están presentes y claman reivindicarse. Si no pregúntenle a Madona, a Frida Khalo y hasta Julia Roberts. Voilá!
[1] En una pared del colegio Juana Larco de Dammert, a la altura de cda. 22 de Av. Benavides
Jamás hay que menospreciar la importancia del tema pues forma parte de la nunca bien entendida problemática femenina. Sendas mujeres han sufrido con dicha pelusa: mi amiga Toti por ejemplo, guapa morocha de piel morena, tenía en los brazos vellos tan largos que solía ordenarlos con un peine de bolsillo y además desteñíselos para que tuvieran menos notoriedad con lo cual realmente sólo conseguía el efecto contrario puesto que sobre su piel morena los vellos parecían bañados con resaltador amarillo.
Otro es el caso de mi amiga Chachi, cuya hermana mayor adiestró desde los 15 en el arte del uso y abuso de la ardorosa cera para depilarse brazos, piernas, y hasta el no bien visto mostacho. Todo un procedimiento: calentar la cera en una ollita en la cocina, aplicártela hirviendo sobre la piel – es un ejercicio para valientes y masoquistas-, para finalmente y con un coraje suicida, arracar la cera que a su vez arranca los pelos (todo esto mientras lanzas un aullido de dolor). Y tanto bochinche para lucir lampiña. Pero tanto Chachi como Toti no sólo se sometieron a traumáticos procedimientos anti-vello, sino que además probaron toda la parafernalia no-más-vello que el mercado oferta: cremas y geles depilatorios, ceras frías, y sesiones de láser sin resultados efectivos; ¿qué velluda ilusionada no ha claudicado ante la mentira publicitaria de erradicar para siempre el vello en-sólo-diez-aplicaciones?, marcas como "Touch Me" hicieron popular dicha promesa a cambio de una conveniente valía.
Pero eso no es todo. Hace unos días en una pared llena de gratifis distinguí una pinta con femeninísimo aerosol fuxia: ¡nosotras no nos depilamos![1], era el lema urbano de las rebeldes velludas. Si es que es una organización yo quiero adherirme automáticamente a ella, pues me encantó la insurrección de la pelusa. Y no es que una no sea femenina o que quiera desafiar los cánones de belleza, es sencillamente buscar lo real: la mujer tiene pelos, y tiene todo el derecho de tenerlos. Yo defiendo esa decisión, y bogo por el reconocimiento de la mujer velluda como una realidad cotidiana y normal.
De hecho yo sí me depilo, especialmente en verano cuando voy a lucir shorts o faldas, pero ello no quita que odie hacerlo -los hombres con abundante barba me comprenderán-, y es que es un fastidio que la arrancada de pelos solo nos dure un día.
Tal es mi aburrimiento para depilarme que aprovecho la mínima oportunidad para no hacerlo (esto es cuando no tengo novio, cuando es invierno y cuando estoy depre), sin embargo últimamente depilarme o no, ya no depende exclusivamente de esos factores, muy por sobre mi rechazo a los métodos dolorosos a los que sendas masoquistas se someten, no cojo ni el epi lady porque no se me da la gana. Y cuando mi novio me apodó cariñosamente “pollito”, le respondí, “pollito con plumón”. Así son las cosas, las mujeres tenemos plumas, plumitas y plumones y a mucha honra, pues si bien socialmente los vellos no son populares, están presentes y claman reivindicarse. Si no pregúntenle a Madona, a Frida Khalo y hasta Julia Roberts. Voilá!
[1] En una pared del colegio Juana Larco de Dammert, a la altura de cda. 22 de Av. Benavides
3 comentarios:
Gracias por tus palabras lindo. Te perdí el rastro, que bueno volver a saber de ti. Un beso.
LM
Gracias por tus palabras, lindo texto. Te perdí el rastro, que bueno volver a saber de ti. Un beso.
LM
hola, no sé si ponerte en mi lista de links nana o natalia... dime, pues... por otro lado, me da gusto que estés escribiendo más seguido, y temas super interesantes... me gusta leerte porque me da serenidad saber que sigues progresando y que estás cerca de este modo... gracias por comentarme... nos vemos en lima...
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