martes, 28 de junio de 2011

supongo que algo rompí y ahora no me dejas tomar los pedazos, tus pedazos, tejerlos con el hilito de mi cariño, pegarlos con esta goma glue de mi corazón blue. te pedí un sólo día a la semana y no exclusividad, como si se tratara de ir al cine los martes. yo elegía el día y la película. lo sé, yo elegí esto.

sabes que me gusta pensar que mi vida es una peli con el mejor sountrack del mundo (q yo le pongo). y no sé si quiera dos protagonistas para mi peli, pero sí te quiero en ella. instead sólo tengo clips de ti, momentos de película sin continuidad.

te quiero más días a la semana, más días al día. no quiero contar los días que te tengo, sólo quiero tenerte y tenerte exclusivamente para mí. ahora sí, ya no te quejes de mi "inestabilidad emocional". estoy aquí y soy una guerrera, una madre, una novia, una fan, una grupi, soy lo que quieras que sea. y sí soy insegura y no sé q será de los dos más adelante, pero déjame tomar tus pedazos y pegarlos y hacer con ellos la mejor peli de la historia, where you and me fall in love.

martes, 21 de junio de 2011

Las camas de una soltera

Toda cama es demasiado grande para los amantes, pensaba Cristina siempre que Julián la abrazaba y quedaban los dos tan pegaditos sobre su pequeña cama, que llegaba a sobrar harto espacio.
A él le encantaba jugar a la lapa. Posición de lapa, decía ella, y se pegaban uno al otro lo más que podían, y de inmediato a él le provocaba hacer el amor. Se reían con esa frase "hacer el amor". Ella prefería hacer el amor a tirar, chifar , tramitar , banquetear, comer y cualquier palabra relacionada a la digestión. Él lo sabía, pero sólo por fastidiar se lás decía todo el tiempo: ven, que te voy a comer le decía, y la atrapaba entre sus brazos. Ella con disfuerzo, y esfuerzo para zafarse y quejarse respondía, qué te pasa, acaso soy un trozo de carne?. Y èl, Sí, eres un lomazo. Pronto se dejaba llevar por los besos de Julián. Los besos largos y picosos de ese chico que la hacía rabiar y amar al mismo tiempo.
Sólo cuando peleaban la cama era chica, una cama de liliputiense, una cama en la que no entraban los dos. Cuando uno se pelea el cuerpo se expande, los codos del que abraza la almohada quedan a los lados, entonces los codos del otro, que también abraza la almohada, ya no entran en el colchón, y las piernas antes enlazadas como una trenza de cuatro hebras, quedan sueltas a su suerte. Las extremidades terminan saliendo por ambos extremos de la cama.
Por eso es horrible irse a la cama peleados. Ella odiaba ir peleada a la cama pero por otra razón: moría por abrazarlo, por buscar su perfil en la oscuridad y sentir su respiración cerquita. Eso la sorprendía. Siempre se había ahogado cuando alguien le respiraba cerca, o le había dado asco. En cambio buscaba la respiración de Julián, y la añoraba cuando no la tenía cerca. Y no dormía fácil, más bien dormía pésimo y se demorada en conciliar el sueño en su media plaza de la cama que compartían.
Ya por uso Cristina cambió su cama pequeña por una más grande. Las personas, como las cosas, también se van. Poco después de cambiar la cama, Julián se fue. Cristina quedó en la posesión de una en la que se hacía el amor más plácidamente y se dormía con más confort.
Ninguna cama es suficientemente grande para un soltero, pensaba Cristina cada vez que dormía con alguien, y tenía suficiente espacio para quedar en un lado de la cama sin sentir la respiración de nadie, ni el codo de nadie y así conciliar un sueño reparador, luego de tirar chifar o cualquiera de los sinóminos prohibidos. No hay contradicción, para ella hacer el amor era hacer el amor, y tener sexo podia ser cualquier otra cosa. En su nueva cama Cristina podía dormir tranquila y esperar el día siguiente para decir, tan pronto fuera posible, hasta nunca, pensar un poco en Julián y agradecer que la cama ahora fuese tan grande, y en aquél entonces, tan chiquita.

martes, 14 de junio de 2011

los domingos tienen nombre

A Cristina le gustaba acariciarle el pecho, ese desierto lleno de patas de araña, tocar sus tetillas con las yemas humedecidas con saliva, hasta que éstas se erizaran y entumecieran.
Él, ajeno a los jugueteos de Cristina, zappeaba atentísimo a la caja tonta. De rato en rato la apretaba contra su cuerpo, le acariciaba un poco el antebrazo y le daba un beso rasposo por la barba crecida.
Se pasaban todo el domingo metidos en la cama y adoraban esperar el programa de Baily en la noche para verlo juntos. Domingos de chica, decía él. Domingos de chico, ella. Así se pasaron uno, dos, tres meses, hasta que él partió. Ella extrañó sentirse enamorada los domingos, y el tiempo se convirtió en una semana larga e interminable, con domingos que nunca llegaron. Las arañas volvieron a darle miedo, como antes.