A Cristina le gustaba acariciarle el pecho, ese desierto lleno de patas de araña, tocar sus tetillas con las yemas humedecidas con saliva, hasta que éstas se erizaran y entumecieran.
Él, ajeno a los jugueteos de Cristina, zappeaba atentísimo a la caja tonta. De rato en rato la apretaba contra su cuerpo, le acariciaba un poco el antebrazo y le daba un beso rasposo por la barba crecida.
Se pasaban todo el domingo metidos en la cama y adoraban esperar el programa de Baily en la noche para verlo juntos. Domingos de chica, decía él. Domingos de chico, ella. Así se pasaron uno, dos, tres meses, hasta que él partió. Ella extrañó sentirse enamorada los domingos, y el tiempo se convirtió en una semana larga e interminable, con domingos que nunca llegaron. Las arañas volvieron a darle miedo, como antes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario